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Mostrando las entradas etiquetadas como La dulce Erika

La habitación

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Se mete en la cama sin asearse, prefiere oler a bar que pasar frío, hará como de costumbre, esta tarde, cuando se levante, calentará un par de ollas de agua y hará como que se da un baño decente.  Las mantas calientan por su peso, tiene puestas las tres que tiene, apenas puede moverse bajo ellas pero si se mantiene en posición fetal consigue estar caliente las horas que dura el sueño. Dormir de día tiene muchísimas desventajas. Ha conseguido que no entre ni un ápice de luz por las ventanas, lo logran unas cartulinas negras encima de las persianas rotas, no entra ni la luz ni el aire, pero sí el sonido de la ciudad que comienza a despertar. Así que ha tomado como hábito dormir con tapones en los oídos, no le resulta cómodo, pero sí práctico.  No recuerda haber soñado nunca, llega tan reventada del trabajo que sencillamente, soñar es un lujo que no se puede permitir.  Cuando despierta a media tarde, sigue su propio ritual; el aseo le lleva cerca de una hora, ...

La ambulancia

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Estar detrás de una barra a ciertas horas te cualifica para ejercer de psicóloga, árbitro, abogada, madre, portero y confesor. Ésta es una cruz que lleva bastante peor de lo que quisiera. Le cansa escuchar noche tras noche las mismas historias inverosímiles contadas por bocas incomprensibles. Le cuesta cada vez más hacer como que escucha, solo las amenazas de despido logran despejar sus oídos y su paciencia. Harina de otro costal es la sonrisa, ésta es una "rara avis" que en contadas ocasiones se puede divisar. Nunca, y cuando digo nunca es nunca, ha aceptado la invitación de ningún cliente, no bebe alcohol, lo que sí acepta y de buen grado, son las propinas, a final de mes, descontando gastos, su ridículo jornal no le da para nada extra, así que las propinas se han convertido en la única fuente de alegrías que se puede permitir.  Es la tercera vez este mes que viene la ambulancia. Los sanitarios conocen bien el sitio, la conocen a ella y también a la mayoría de los clientes....

La barra del bar

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Odia cuando el reloj da las tres de la mañana. Es cuando ya han echado a los borrachos de todos los garitos y se reunen allí. Su jefe le tiene dicho que si le dan problemas llame a la policía, pero que bajo ningún concepto deje de servir alcohol a nadie, vive de eso. Es también la hora en que descansa la cocina que no reanuda su marcha hasta las seis. De manera que de tres a seis siempre está sola. Los ha visto ya de todas formas y colores, altos, bajos, gordos, flacos, babosos, impertinentes, violentos y depresivos. Por la barra donde Erika sirve copas los siete días de la semana, han pasado ya todos los colores del arcoiris y todas las letras del abecedario, cuatro años dan para un montón de historias.  Ser mujer de pocas palabras y mucho estómago le ha facilitado la permanencia en el puesto, no puede recordar cuantas camareras han pasado por allí antes que ella. Nunca ha llegado a pasar miedo y eso que ocasiones nunca le han faltado, pero el mero desprecio que siente por su prop...

La dulce Erika

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El abrigo dejaba ver más piel de la que tapaba. Siempre la tuvieron por rebelde, por eso quizás nunca nadie la ha tomado en serio. Cuando no era por el color del pelo, era por el largo de la falda, pero siempre había fiesta en casa a la hora de cenar.  Por mucho que intentase convencerse a sí misma de lo contrario, ése no era ni de lejos el motivo por el cual se escapó de casa en cuanto cumplió los dieciséis. El verdadero motivo dolía tanto, que había aprendido a no pensar en él, y tanto lo intentó, que por lo bien que se desenvolvia sola en el mundo, cualquiera diría que lo había conseguido. Lo que peor lleva de este trabajo es el apestoso olor a grasa que se le pega al pelo y le obliga a lavarlo a diario. Tanto le molesta, que más de una vez ha tenido tentaciones de cortar su larga melena. La única razón por la cual no lo ha hecho ya, es porque a su entender, es el único rasgo verdaderamente femenino que posee. De poco apetito y complexión menuda, nunca ha podido lucir redondez e...

La cocina

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  La caminata de vuelta a casa parece que hoy pesa un poco más. El frío viento del invierno le destroza la cara, podría coger un autobús, pero prefiere andar y ahorrar. La imagen no se le va de la cabeza, aquel pobre viejo borracho siempre fue amable con ella. No logra quitarse de la mente la mueca horrible de su cara al morir. Serviría de algo rezar por su alma?. Seguramente tuvo lo que se buscó, además ahora que lo piensa, no sabe rezar. Las llaves están heladas, casi más que sus manos desnudas, desde la semana pasada no encuentra los guantes. El ruido seco del doble pestillo de la puerta le recuerda que no hay nadie esperándola. La casa también está helada. Ha aprendido a no quitarse el abrigo hasta que no se mete en la cama, solo tiene una vieja estufa y tarda tanto en calentar, que la da por imposible, prefiere comerse la triste cena rápido y acostarse cuanto antes.  Hoy se ha traído un bocadillo de bacon, no es que la vuelva loca, pero es lo único que ha podido...