Lamasería
Cada día sin falta, debía estar dentro del Templo de la Diosa de la Armonía cuando sonaba el primer tono del gigantesco gong. El olor dulce y empalagoso del incienso de magnolia se le pegaba a la garganta y le provocaba ataques de tos que estaba obligado a aplacar. El hipnótico ritmo de los mantras aprendidos como letanías y repetidos hasta dejar seca su boca, adheridos a su tejido neuronal desde que tiene memoria, hacía tiempo que no cumplía su misión. El frío suelo de la desnuda sala seguía helandole los pies tanto como el primer día, esa era una de las pocas cosas a las que no se había llegado a acostumbrar nunca, por muchos años que pasara en aquella montaña, su escuálido cuerpo jamás había sido capaz de entrar en calor cuando se encontraba en el Templo. El cuenco de arroz blanco que le alimentaba cada mañana le sabía a gloria, y la triste sopa que le calentaba cada noche, literalmente le transportaba al Nirvana. El despertar del Tercer Ojo, la energía Kundalini ascendie...