El Mendigo


No hizo presagiar nada bueno. 
-Cuidado con el ascensor, le dijo el mendigo cuando dejó caer unas monedas en el vaso de plástico que sostenía en sus sucias manos. 
Sentado en cuclillas a la entrada del súper, aquel hombrecillo suscitaba pena. 
Una maraña de pelo sucio y enredado tapaba parcialmente su arrugado rostro mientras le observaba con un único y lacrimoso ojo. La cuenca vacía del otro lado del rostro, parecía preparada para recibir una prótesis, una canica, algo que aliviase la mirada inquisidora de los transeúntes. Cubría su cuerpo con algo que en otro tiempo fue ropa. Sucios, rotos, prestados y malolientes, servían estos harapos a la sazón para cubrir sus vergüenzas y para levantar los comentarios más hirientes de todo aquel que pasaba por su lado. 
Los pies, descalzos y heridos, cada vez le mantenían menos tiempo en posición vertical. Con apenas 40 años sabía bien los estragos que el abuso del alcohol y las drogas causan en el seno de una familia bien. 
Pero aquel chico le había dado unas monedas... Bien valían una advertencia.
-Subimos a la tercera planta?, le preguntó a su novia al entrar.
Rieron ambos al entrar al ascensor, estaría borracho el mendigo?, que coño les iba a pasar?...
El golpe seco no hizo presagiar nada bueno. El humo denso hacía que cada vez les costase más respirar. Los gritos del resto de ocupantes fueron el presagio del fin. Se fue la luz, se bloquearon las puertas y surgieron las llamas. 
-Porqué no cogimos las escaleras... Y eso fue lo último que pensó.
💜💜💜

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