Hace años, conocí a un chaval, que había hecho de ser mochilero, su estilo de vida, y me enseñó orgulloso, un tatuaje que se había hecho en uno de sus numerosos viajes. Era una enorme franja que rodeaba su tobillo izquierdo. Creo recordar que constaba de una tortuga y una serie de espirales, que conformaban en fin, una peculiar tobillera. Se lo había hecho un nativo de la isla Tongatapu, muy cerca de Nueva Zelanda. Los Maoríes llaman, Ta-Moko a estos tatuajes. Contaba, que este tipo de tatuajes, se los hacían los integrantes de las tribus antiguamente, para diferenciarse entre ellos, cada clan, tenía sus Ta-Moko propios, y así, cuando llegaban a otra isla, sin necesidad de contar de donde venían, los demás les reconocían rápidamente, era una especie de saludo y salvoconducto. Este chaval, escogió la tortuga porque según dice, es el tótem de la casa y representa la alegría y la armonía, y así, siempre según el, encontraría un hogar allí donde se encontrase. A lo que iba, os cuento esta historia, porque como en la mayoría de culturas antiguas, los Maoríes, cuando un niño cumplía los 18 años, se hacía su primer tatuaje a modo de iniciación, dando así la bienvenida a la edad adulta, es decir, celebraban el paso de niño a hombre. Como sabréis, las máquinas de tatuar son un invento reciente, pero mi amigo, quiso ser fiel a la tradición, y se dejó hacer el tatoo a la manera de allí, con dientes de tiburón. Imaginaos, si con una máquina que lleva decenas de agujas que percuten sobre la piel cientos de veces por minuto, ya duele, como será hacer un tatoo tan grande con un palo de madera con simplemente tres o cuatro dientes, que dejan la tinta en la piel al ser golpeados con una piedra, añadiendo que el tiempo en acabarlo, se multiplica incluso por diez. Añadido a esto, la tinta también es reciente, antiguamente se usaban maderas quemadas para la tinta más oscura, y orugas alimentadas con algún tipo de hongo para las más claras, imaginaos, cuando aquello decía de infectarse. No quiero ni pensarlo, que locura!...
Y aquí estoy yo, en la camilla del tatuador, mirando como sangra mi cuerpo mientras recuerdo con envidia el valor de mi amigo. No es que la palabra valentía sea la que me define, me consideraba más duro, el dolor de las agujas rasgando mi piel se me hace insoportable. Siento vergüenza y no lloro por pudor delante de nadie, pero podría romperme como un niño si pierdo la concentración. A dios pongo por testigo, es la primera y la última vez que profano mi piel!.
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Me encantaría que formases parte de mi caos. Me sigues?
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